
Es ya tradicional, cuando está acabando el año, elaborar una lista de buenos propósitos para el nuevo año que comienza. Se supone que, desde el día 1 de Enero, debemos llevar a cabo dichos propósitos para encarar los 365 días de la mejor manera posible. Los más habituales son: dejar de fumar, apuntarse al gimnasio -para recuperar la figura perdida en las fiestas y de cara a Semana Santa-, cuidarse la piel, cambiar el carácter, organizar mejor el tiempo, ahorrar, entre otros.
Sin embargo, lo que deberían ser unas inocuas aspiraciones, se pueden convertir en una auténtica pesadilla. ¿Por qué? Porque llevamos arrastrando de años anteriores muchas actitudes que son difíciles de erradicar de un día para otro, aunque sea en el cambio de año. Es decir, debemos marcarnos metas pequeñas, fáciles de conseguir, lo que nos ayudará a ir consiguiendo a lo largo de los meses nuestros objetivos.
¿Cuántos de los propósitos del año pasado conseguiste? Quizás, ninguno. Salvo que lo hicieras con otra actitud, consciente de que todo lleva su tiempo. Además, es muy importante aceptar las derrotas y levantarse para seguir adelante. Recoge cada uno de tus proyectos y fragméntalos en fáciles metas. Te sentirás que las vas superando una a una, hasta tachar de la lista todos los propósitos.
Foto | El mañana







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