Probablemente no existe planta medicinal más conocida y estudiada que el ajo. Existe desde tiempos inmemoriales y, mucho antes de ser usado como condimento culinario, el ajo ha sido utilizado como un medicamento tradicional con grandes beneficios.
Los estudios modernos han comprobado que este maravilloso alimento contiene vitaminas A, B y C, potasio, hierro, sodio, fósforo y azufre. De tal forma que los estudiosos han revelado que el comer ajo es beneficioso para el corazón. La clave -paradójicamente- está en la alicina, que se convierte en esos compuestos de sulfuro de tan mal olor que a veces se quedan impregnados en el aliento.
Esas sustancias reaccionan con los glóbulos rojos de la sangre y producen el sulfido de hidrógeno que relaja los vasos sanguíneos y hace que la sangre fluya con facilidad. Su aroma, generado por el sulfido de hidrógeno, en concentraciones bajas desempeña un papel clave al ayudar a las células a comunicarse unas con otras. Dentro de las arterias o las venas estimula a las células que conforman la membrana para que se relajen y se dilaten.
Como consecuencia, se reduce la presión de la sangre, lo que permite que las células transporten más oxígeno a los órganos vitales, y se reduce la presión sobre el corazón. Los investigadores también descubrieron que el ajo tiene un efecto vasodilatador, hipoviscosizante (fluidifica la sangre) y antiagregante plaquetario, por lo que resulta muy beneficioso para prevenir la formación de tromboembolismos y la arteriosclerosis.
Imagen Virginmedia








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